Los bultos vuelven y, para ser honesta, estamos cansadas, pero también casadas. Casadas con la vida. Desde hace tiempo las personas me preguntan si la India me ha cambiado. A mi la India no me cambia, a mi me cambia la vida. Ésa que te deja con cara de estúpida una y mil veces, sin palabras, sin collar, sin perro. La que a cambio te regala el tiempo de descuento sin que nadie se lo pida. Y te despiertas y, hoy, hoy no duele, y salimos a jugar porque no hay gris que pueda con ella. Así que hacemos frente en el campo de batalla al tiempo, aun sabiendo que en la lucha es implacable. Pero al final, porque siempre hay un final, cuando me despierte y quizás ya esté solo dentro de mi y en un puñado de recuerdos -solo quizás- sea capaz de reírme y recordar que el tiempo de descuento nos lo comimos a besos y quién sabe quién gano a qué y, sobre todo, quién cambió a quién.
jueves, 25 de septiembre de 2014
lunes, 22 de septiembre de 2014
Instantánea
Me imagino a mi madre hablando sin parar sentada junto a la mesa del teléfono, la luz encendida, y ella quitándole importancia y repitiendo que no es nada grave, que no hay por qué alarmarse. Me asombra su capacidad de llorar por cosas a mis ojos insignificantes, como por las bromas de sus pequeños cuervos, y, sin embargo, ante lo que realmente da pavor, siempre la veo mantener la calma. Pienso que es una reacción para protegerse, o tal vez realmente reserva el pánico para ocasiones que lo merecen. A veces imagino que bajo esa templanza, esos monos que bailan y tocan el platillo en la cabeza de algunos, están en la suya abrazados muertos de miedo, temblando en una esquina. No sé, yo estas cosas me las invento.
Sigue sentada al teléfono, contando uno a uno a toda la manada que no va a pasar nada. Nada hay que temer. Todo está bien. La pienso -la que se rinda, no voy a ser yo-. La abuela está en el sofá sentada, resfriada, lleva semanas así, y se lamenta a media voz. Si se tiene que poner, ella elige ponerse en lo peor, por si acaso. A su edad ya ha pasado mucho y prefiere abrazar a la desgracia. Quizá le resulte más fácil quedarse con ella que viajar hacia un mundo de optimismo desconocido.
Al otro lado del teléfono está mi hermana, la mayor, o la que tiene el estilo y el poder de la tragedia y del buen humor, así, a saltos. Está deseando colgar para llorar el miedo. El que tiene papá mientras hace la tortilla, le salen de maravilla. Él sale al pasillo en un pijama de risas con un "ya mismo me muero, ¿me vais a echar de menos?" Toda una vida para hacerle un disfraz al miedo.
Mi hermano tal vez callará en su turno al otro lado del teléfono y pensará que son buenas noticias. Si lo cree de veras o no continúa siendo un enigma, aunque apuesto a que lo cree de veras, y pasa página. Tengo dudas si guarda el libro bajo la almohada.
Y mi hermana, la pequeña, fiel a su pragmatismo preguntará a sus amigas las doctoras y llamará a casa cada día, todos los días, varias veces al día.
Y yo, a miles de kilómetros, agarro mi bolígrafo para escribir la instantánea de la gente más guapa que he visto en mi vida, y me emociono al ver a mi madre al teléfono, a mi abuela quejarse, a mi padre con la tortilla llenita de suspiros y a mis hermanos, los que lloran y los que no.
Y lo confieso, tengo miedo, y una foto preciosa.
...........................................................................................................................................
*Texto escrito en un cuarto de calle Bengalitola, Varanasi, India, con monos en los tejados y ratones por el suelo. Lejos pero cerca. Cada vez son más las noticias para sacar el miedo a pasear o, simplemente, salir a vivir la vida, que no es poco y hoy es tuya.
Eso lo eliges tú.
Sigue sentada al teléfono, contando uno a uno a toda la manada que no va a pasar nada. Nada hay que temer. Todo está bien. La pienso -la que se rinda, no voy a ser yo-. La abuela está en el sofá sentada, resfriada, lleva semanas así, y se lamenta a media voz. Si se tiene que poner, ella elige ponerse en lo peor, por si acaso. A su edad ya ha pasado mucho y prefiere abrazar a la desgracia. Quizá le resulte más fácil quedarse con ella que viajar hacia un mundo de optimismo desconocido.
Al otro lado del teléfono está mi hermana, la mayor, o la que tiene el estilo y el poder de la tragedia y del buen humor, así, a saltos. Está deseando colgar para llorar el miedo. El que tiene papá mientras hace la tortilla, le salen de maravilla. Él sale al pasillo en un pijama de risas con un "ya mismo me muero, ¿me vais a echar de menos?" Toda una vida para hacerle un disfraz al miedo.
Mi hermano tal vez callará en su turno al otro lado del teléfono y pensará que son buenas noticias. Si lo cree de veras o no continúa siendo un enigma, aunque apuesto a que lo cree de veras, y pasa página. Tengo dudas si guarda el libro bajo la almohada.
Y mi hermana, la pequeña, fiel a su pragmatismo preguntará a sus amigas las doctoras y llamará a casa cada día, todos los días, varias veces al día.
Y yo, a miles de kilómetros, agarro mi bolígrafo para escribir la instantánea de la gente más guapa que he visto en mi vida, y me emociono al ver a mi madre al teléfono, a mi abuela quejarse, a mi padre con la tortilla llenita de suspiros y a mis hermanos, los que lloran y los que no.
Y lo confieso, tengo miedo, y una foto preciosa.
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*Texto escrito en un cuarto de calle Bengalitola, Varanasi, India, con monos en los tejados y ratones por el suelo. Lejos pero cerca. Cada vez son más las noticias para sacar el miedo a pasear o, simplemente, salir a vivir la vida, que no es poco y hoy es tuya.
Eso lo eliges tú.
lunes, 17 de marzo de 2014
Holi
La
India me roba el corazón a la par que me lo destroza. Así es ella, sucia,
hermosa, contradictoria. Caprichosa como la que más a la hora de repartir crueles
y bondadosos destinos. Fanática y ruidosa, sonriente y misteriosa. Me marea con
injusticias y muerte, y me calma con risas y vida a ritmos de chais a pie del
Ganges, que recoge en sus aguas tanta vida como muerte. Así es ella, que en uno
de los días más importantes del año para festejar saca a las calles a todos los
hombres a beber, hacer hogueras y disparar colores; e invita a las mujeres a
guardar el calor de sus casas. Escupe verdades sobre cómo se puede vivir sin
nada y ser feliz cada día, abraza el presente sin rozarte la piel; y mientras,
te susurra al oído: tú no. Tú no puedes, mujer, que la represión y la religión
esta noche nos la rasgamos y al día siguiente sale el sol y ya no nos la
quitamos durante todo el año. Que los trajes cosidos a históricos principios
pesan y no ven sanos finales. Que un día
es un día para ti también, mujer. Y no te queda más remedio que sonreír ante lo
imposible, que estamos de paso, y decir que sí, que happy holi, que ya conoces el
dicho, y si no puedes contra ellos, pues vámonos todos al río, o algo así, pero
ojalá pudiéramos ir todos. Sin miedo. Pero no. Y a salvo, respetando el toque
de queda mientras la ciudad arde, pienso en ellas, en todas las mujeres que
duermen. Y en ellos, en todos ellos, que hoy sí pueden, en el todo vale que tanto
deseo encierra (como a ellas). Da miedo abrir cuando durante tanto tiempo has
cerrado. Y entre la impotencia y el enfado que la falta de respeto y libertad
en mí despiertan, siento cierta ternura por su entusiasmo, el de ellos, que hoy
les enciende la mirada que infinitas horas de trabajo y miseria tantas veces
apaga, y se me apaga también el juicio, y la luz, y me voy a dormir la luna
llena pensando que es tarde, y que ya irá quedando menos, aunque no sé muy bien
para qué.
Happy holi, o lo que sea.
domingo, 9 de marzo de 2014
Laltusi y las guitarras
MUJERES. Mujeres que pisan con fuerza, que mantienen la calma cuando todo se tambalea, capaces de temblar de miedo y que no se les caiga el mundo que logran salvar entre sus manos. Valientes por sentarse y llorar, por reír y despertar, por intentarlo cada día, porque sin duda algún día de estos cambiarán los vientos.
Cada sol es un reto y hay retos tan complicados que duelen hasta las pestañas de quién desde fuera los mira y, sin embargo, ella te devuelve una mirada curiosa, de esas que lanzan mensajes difíciles de descifrar, y se ríe. Yo la miro e imagino un baile en su interior que conoce cada movimiento, cada paso que tiene que dar y hasta puedo oír cómo las guitarras se encienden en cada huella del camino hacia el mismo día de cada día, el reto eterno. Y mientras suena la música reaparece esa sonrisa traviesa que se le escapa entre el hueco de los dientes a pesar de la seriedad de sus palabras. Ahora, ambas nos reímos. Bienvenidos al baile.
La mujer da la vida y la mantiene.
Cada sol es un reto y hay retos tan complicados que duelen hasta las pestañas de quién desde fuera los mira y, sin embargo, ella te devuelve una mirada curiosa, de esas que lanzan mensajes difíciles de descifrar, y se ríe. Yo la miro e imagino un baile en su interior que conoce cada movimiento, cada paso que tiene que dar y hasta puedo oír cómo las guitarras se encienden en cada huella del camino hacia el mismo día de cada día, el reto eterno. Y mientras suena la música reaparece esa sonrisa traviesa que se le escapa entre el hueco de los dientes a pesar de la seriedad de sus palabras. Ahora, ambas nos reímos. Bienvenidos al baile.
La mujer da la vida y la mantiene.
jueves, 20 de febrero de 2014
viernes, 20 de diciembre de 2013
El escondite. Escóndete.
¿Cuánto se tarda en querer a alguien? ¿Cómo hay que esperar? No sigas las normas o morirás de aburrimiento, ¿de verdad quieres jugar?
Mientras nos escondemos tras los árboles, se hará gigante con el paso de las horas lo que sí somos. Entonces, de aquí a que puedas verme ¿cuánto contarás?
Seremos felices en juego hasta descubrirnos. Mentiras grandes y patas cortas o verdades, sin más, sin patas; que ya usaremos las nuestras para salir corriendo si éstas nos pesan demasiado.
Al encontrarnos, sorprendidos por el hallazgo, diremos adiós o gritaremos: ¡casa! sosteniendo para siempre un rato. Pero mientras tanto, solo estaremos contando tras un árbol. No te olvides hasta cuánto eso no es amor.
Mientras nos escondemos tras los árboles, se hará gigante con el paso de las horas lo que sí somos. Entonces, de aquí a que puedas verme ¿cuánto contarás?
Seremos felices en juego hasta descubrirnos. Mentiras grandes y patas cortas o verdades, sin más, sin patas; que ya usaremos las nuestras para salir corriendo si éstas nos pesan demasiado.
Al encontrarnos, sorprendidos por el hallazgo, diremos adiós o gritaremos: ¡casa! sosteniendo para siempre un rato. Pero mientras tanto, solo estaremos contando tras un árbol. No te olvides hasta cuánto eso no es amor.
martes, 17 de diciembre de 2013
La lengua de las estrellas
Los deseos se piden a la cara, no a las estrellas.
Quizá pedir a los astros no fuera buena idea, aunque al menos ellos sí saben quedarse. Descambiaría canciones y hojas de árbol por solo tres palabras. Pero no devuelven el dinero, ni la parte de mi que ya gasté.
En cambio tú... tú hablas su misma lengua
presumes de lejos y no te enteras de una mierda.
A cambio yo... yo ya no juego con la camiseta del equipo contrario
y nunca, jamás, hablo de amor con ellas.
Quizá pedir a los astros no fuera buena idea, aunque al menos ellos sí saben quedarse. Descambiaría canciones y hojas de árbol por solo tres palabras. Pero no devuelven el dinero, ni la parte de mi que ya gasté.
En cambio tú... tú hablas su misma lengua
presumes de lejos y no te enteras de una mierda.
A cambio yo... yo ya no juego con la camiseta del equipo contrario
y nunca, jamás, hablo de amor con ellas.
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