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jueves, 25 de septiembre de 2014

Tiempo de descuento

Los bultos vuelven y, para ser honesta, estamos cansadas, pero también casadas. Casadas con la vida. Desde hace tiempo las personas me preguntan si la India me ha cambiado. A mi la India no me cambia, a mi me cambia la vida. Ésa que te deja con cara de estúpida una y mil veces, sin palabras, sin collar, sin perro. La que a cambio te regala el tiempo de descuento sin que nadie se lo pida. Y te despiertas y, hoy, hoy no duele, y salimos a jugar porque no hay gris que pueda con ella. Así que hacemos frente en el campo de batalla al tiempo, aun sabiendo que en la lucha es implacable. Pero al final, porque siempre hay un final, cuando me despierte y quizás ya esté solo dentro de mi y en un puñado de recuerdos -solo quizás- sea capaz de reírme y recordar que el tiempo de descuento nos lo comimos a besos y quién sabe quién gano a qué y, sobre todo, quién cambió a quién.
 

lunes, 28 de enero de 2013

Donde reside el recuerdo

Un olor extraño, indefinible, sale de este lugar. Avanzo escaleras abajo por el anticuario dejando cosas sin vida a mis laterales. Instrumentos callados. Una mecedora inmóvil. La máquina de coser, el escritorio, un aparador. Y al llegar abajo un festival de material sin dueño. Un club de lastre. Cementerio de máquinas y enseres aparentemente acabados.

Antonia me llama desde un cuadro. Es una anciana horrible de pelo blanco despeinado que sonríe descarada en la pintura y deja entrever sus dos dientes mientras una boina le baila en la cabeza. Ropas negras. Me la imagino allí en la casa de campo presidiendo la sala mientras Manolo, su hijo, parte el pan y escancia el vino, y Juana se queja de que la siembra no agarra y a ver qué hacen con este frío.

Justo detrás, a un solo paso, un espejo forrado de mimbre descansa sobre una cajonera. Vivía en el dormitorio de Esmeralda que, con la mirada perdida en su reflejo, intentaba deshacer su melena rizo a rizo y se preguntaba una y otra vez: qué pasará luego, cuándo podré salir de aquí.

Entre jarrones y material de orfebrería insolente sobrevive la tostadora de Juan y Amelia, tiene unas iniciales grabadas, casi invisibles, pisoteadas por el trotar del tiempo. Se acabaron los bailes en el desayuno.

En el pasillo, aún mueven los vientos la mecedora de la yaya, acolchada por el peso de los pensamientos de las tardes de invierno. Las literas de los enanos, que las llenaron de juegos hasta crecer. Candelabros y lámparas que un día se apagaron.

Y al final, sobre la mesa de un agotado roble, un botijo. Lo agarro y me lleva a una casa mata de la calle Carretería con olor a callos, música de barcos y cuentos de Rosa León. A la palabra abuelo. Pago unas monedas y lo llevo conmigo. Uno que sale del cementerio para llenar otras bocas.

Escalón a escalón voy dejando detrás estas cosas inertes que residen en el olvido, pero un jaleo retumba insistente en mis oídos. Es la pipa del abuelo, son las risas de los niños, es Juana que ha puesto el puchero. Es la vida, que está haciendo ruido.

lunes, 26 de noviembre de 2012

El vuelo

Déjala a ella que sea pájaro. No tengas miedo, te llegará tu momento y la vida decidirá por ti. Vaya novedad, el tiempo. La espera. Siempre algo que ha de llegar y yo no puedo, no puedo porque siento que algo se desgarra dentro de mí, un frío polar se apodera de mi pecho y siento amargas lágrimas caer hacia el interior de mi garganta y veo mi mundo que se desmorona y entonces yo quiero ser pez y tragar el mar para acortar la distancia, para que no te vayas, para que si vuelas, me comas.