lunes, 16 de septiembre de 2013

La devaluación del beso

Eran buenos tiempos aquellos
donde en las tierras brotaban por doquier los besos.

Entre sonrisas se regalaban con el desayuno,
a media tarde, incluso a tardes enteras.

Pero llegaron tiempos difíciles
a razón de avariciosos negociantes que siempre se lo quedan todo,
y, lo que antes llovía en abundancia
secaba ahora las mañanas.

Así que acá andamos por estas tierras,
besándonos a oscuras, y muy de vez en cuando.

jueves, 8 de agosto de 2013

Carla

Anochece. Vuelve a amanecer.
Saludos al sol dormidos.
Pisadas cansadas. Insomnio.
Crujen las ventanas cerradas y continúa siendo verano.

Cae la noche y la vida llama.
Ya nada importa lo que pesaba.

Surge el llanto, la risa y el sueño.

Sin suma ni resta, el poder de lo exacto.
Lo auténtico.
Una página en blanco y la verdad en los brazos.

domingo, 28 de julio de 2013

El aeropuerto

Después de la jornada de trabajo de hambre y poca alma le gustaba sentarse allí a observar.
Se hacía la distraída mientras deslizaba un pie sobre otro para descalzarse y sentir ese frescor que solo da el trabajo hecho. Y esperaba.

Algunos días tardaban un poco, pero siempre llegaban. El hall de llegadas era su lugar preferido. En salidas nunca era igual, pues cuando alguien se va no alcanzas a saber lo que vas a echarlo de menos.

Entre todas las categorías que había establecido, se quedaba con los que regalaban los nietos. Eran los únicos que no evitaban carreras ni carcajadas. En una escuela de abrazos, ellos serían los maestros.

Había otros más solemnes que desvelaban una vuelta repentina. Iban acompañados de pequeñas maletas y se daban muy despacito, con miedo a romperse; pero muy apretados, para no dejar hueco a la ausencia.

Más distendidos eran los de enamorados. Desde su asiento adivinaba quien regresaba del engaño y quien desde el deseo. Algunos de estos, los eternos, incomodaban a la familia, que miraban a su alrededor y se empeñaban en recoger el equipaje. Para ella, nunca duraban demasiado.

Los de las mamás de pueblo le hacían reír, eran los únicos con besos por las cabezas. Y las bienvenidas entre amigas eran mágicas, abrazos con danza. Alegría.

Tras una buena cena y el alma llena, se retiraba. Abrazos para alimentar el alma, porque sin duda, los peores, eran aquellos que nunca se daban.

lunes, 10 de junio de 2013

Palabra

La mentira me ahoga, me aprieta el pecho, se ríe de mí. En un hilo de cordura la razón me dice que comprenda: "es el salvavidas de los cobardes." Pero mi corazón, pobre idiota, no entiende. Y se ahoga, se arruga, se ríe de mí.

jueves, 30 de mayo de 2013

Una simple explicación

Una vez intenté algo casi imposible, me empeñé en explicar para siempre a alguien con ganas de tragarse el mundo a mordiscos. Rápidos y contundentes. Le habían dado algún bocado.

Pero quién pone límites cuando el amor lo rompe todo, porque el amor puede con todo... Entregada a la causa, como podría hacerlo una coladora de arena a la orilla de la más inmensa de las playas, fui a buscar motivos y razones; rescaté pruebas, evidencias; incluso los cuentos que inventaba terminaban en amor. Ese era el fin.

Y claro, la lección es jodida porque el tiempo nos puso a prueba y nos rompió el amor en dos. Me lo imagino ahí mirándome con la media sonrisa, esa que se le recorta hacia un lado, y alcanzo a leer hasta su pensamiento: "Nada es para siempre, ves como tenía razón".

Pero entonces no puedo evitarlo, me río, también yo creo tenerla de mi lado. Quizá por eso nuestros puntos cardinales apuntan ahora direcciones opuestas. Y no, no voy a tratar de convercerte, quién soy yo para cambiar sinfonías. Pero sí, me río, porque para siempre se creó esa nube, esa, que por desastrosa que sea, solo son capaces de crear dos universos que chocan: grandes, pequeños, gordos, flacos o feos, pero son los nuestros. Esas pompitas flotan en el aire para siempre y según tengo entendido cambian el curso de la historia. Y es por eso que hay terremotos, que los volcanes escupen lava, que cada cierto tiempo hay olas gigantes... Y eso, estemos o no para verlo, es nuestro y ya será para siempre.

martes, 21 de mayo de 2013

Fragmento de una historia aún no escrita

Y entonces se sentaba distraída y hacía un barquito de papel, esta técnica lograba que se le disiparan las dudas. Los fabricaba con cualquier material, servilletas, folletos publicitarios, rollo de cocina... Con un solo movimiento, mientras sostenía una conversación o tomaba un café en una plaza, construía con sorprendente habilidad preciosos barquitos de vela. Mientras tanto en su cabeza sonaba sin música aquella canción [...y en el mismo barco que vino, se fue.] Nunca entendió por qué debía aquel señor volver en el mismo barco, ¡con la cantidad de barcos que había! Ella, sin ir más lejos, los tenía de mil colores. Justo le rondaba esto por la cabeza cuando acabó el barquito que andaba entre sus manos, lo hizo cuidando el más mínimo detalle, incluso dibujó corazones en la popa, y pensó:

"En este me iré yo" - sonrió aliviada porque le encantaban los barcos y le entusiasmaba la mar, y además ¿quién podría volver en un barco de papel?

lunes, 28 de enero de 2013

Donde reside el recuerdo

Un olor extraño, indefinible, sale de este lugar. Avanzo escaleras abajo por el anticuario dejando cosas sin vida a mis laterales. Instrumentos callados. Una mecedora inmóvil. La máquina de coser, el escritorio, un aparador. Y al llegar abajo un festival de material sin dueño. Un club de lastre. Cementerio de máquinas y enseres aparentemente acabados.

Antonia me llama desde un cuadro. Es una anciana horrible de pelo blanco despeinado que sonríe descarada en la pintura y deja entrever sus dos dientes mientras una boina le baila en la cabeza. Ropas negras. Me la imagino allí en la casa de campo presidiendo la sala mientras Manolo, su hijo, parte el pan y escancia el vino, y Juana se queja de que la siembra no agarra y a ver qué hacen con este frío.

Justo detrás, a un solo paso, un espejo forrado de mimbre descansa sobre una cajonera. Vivía en el dormitorio de Esmeralda que, con la mirada perdida en su reflejo, intentaba deshacer su melena rizo a rizo y se preguntaba una y otra vez: qué pasará luego, cuándo podré salir de aquí.

Entre jarrones y material de orfebrería insolente sobrevive la tostadora de Juan y Amelia, tiene unas iniciales grabadas, casi invisibles, pisoteadas por el trotar del tiempo. Se acabaron los bailes en el desayuno.

En el pasillo, aún mueven los vientos la mecedora de la yaya, acolchada por el peso de los pensamientos de las tardes de invierno. Las literas de los enanos, que las llenaron de juegos hasta crecer. Candelabros y lámparas que un día se apagaron.

Y al final, sobre la mesa de un agotado roble, un botijo. Lo agarro y me lleva a una casa mata de la calle Carretería con olor a callos, música de barcos y cuentos de Rosa León. A la palabra abuelo. Pago unas monedas y lo llevo conmigo. Uno que sale del cementerio para llenar otras bocas.

Escalón a escalón voy dejando detrás estas cosas inertes que residen en el olvido, pero un jaleo retumba insistente en mis oídos. Es la pipa del abuelo, son las risas de los niños, es Juana que ha puesto el puchero. Es la vida, que está haciendo ruido.